La comunidad de Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, en el extremo sur de Argentina, se reunió hoy para luchar contra la instalación de la contaminante industria de las salmoneras en el Canal de Beagle, uno de los últimos paisajes prístinos del mundo. Se trató de un masivo evento en la bella ciudad, puerta de entrada a la Antártida, convocado por ambientalistas y cocineros, liderados por el renombrado Francis Mallmann. Los habitantes de esta remota región de la Patagonia quieren evitar que se repita en sus costas el desastre ambiental que generó en Chile la salmonicultura, un sistema de siembra y cosecha intensiva de salmónidos durante el cual los peces engordan hacinados en jaulas de redes, abiertas o flotantes, como las que ahora quieren instalarse en el Canal de Beagle.

El sistema -advierten los ambientalistas que persiguen la prohibición de esta práctica mediante una ley provincial- obliga a suministrar antibióticos a los peces para mantenerlos hasta el faenado, junto con aditivos para promover su crecimiento y pigmentación, dando como resultado un producto artificial de cualidades muy lejanas a los peces salvajes. Activistas locales, científicos y también un número creciente de cocineros busca crear conciencia sobre el peligro de esta industria, que aspira a colonizar nuevos ambientes a medida que crecen en otras partes del mundo las normativas restrictivas para su desarrollo: Estados Unidos busca desmantelar su industria para 2025, Canadá empezó a clausurar las "granjas de cultivo" de salmones y en Chile la crisis provocó la muerte de miles de toneladas de salmones y una gran amenaza sanitaria en Chiloé.

"No somos el basurero del mundo, y tenemos un lugar que queremos conservar", explicó hoy en Ushuaia Martina Sasso, directora de Sin Azul no hay Verde, el programa de protección de los mares de la ONG Conservation Land Trust (CLT). "La salmonicultura se puede comparar un feed-lot de vacas o de chanchos; la cría intensiva y hacinada no solo obliga a consumir un animal tratado con un montón de antibióticos, sino que deja un daño irreversible en el ambiente", dijo a ANSA. "Donde se pone una jaula de salmonicultura, el remanente de los antibióticos y las heces de los animales se acumulan en el fondo, consumiendo todo el oxígeno y generando lo que se conoce como 'mar muerto'. En la industria se habla de 'puntos de sacrificio', está todo dicho", agregó Sasso.

El surfista y activista chileno Ramón Navarro, hijo de una familia de pescadores, relató sobre su experiencia en Chiloé, donde vio de primera mano el impacto negativo de la salmonicultura en todo el sur de Chile: "No solo contaminó el ambiente -explicó Navarro a ANSA- sino que impactó en las tradiciones de la zona, prácticamente cambiando la esencia de un pueblo que hoy depende de este modelo destructivo para seguir subsistiendo". "Ese modelo -precisó- a Chile se le impuso en los años 80 sin preguntar nada a nadie. Pero acá (Ushuaia, NDR) tienen la opción de estudiarlo, de saber de qué se trata, de decir que no, conociendo su impacto negativo. Y la industria que quiere moverse acá ya tuvo problemas de falseo de documentos, de tratar de hacer las cosas ilegalmente… pueden decir mil cosas, que van a dar trabajo, muchas cosas bonitas, pero en realidad vienen escapando de Chile y ahora quieren instalarse acá. Donde se van, dejan un mar que es pura desolación y muerte".

"Nadie cubre ese pasivo ambiental. Nadie lo limpia", se hizo eco Augusto De Camillis, buzo y camarógrafo de la ONG Beagle Secretos del Mar, mientras el biólogo e investigador del CONICET Gustavo Lovrich también subrayó que las jaulas "son un atractivo para los lobos marinos, que quieren comer los salmones y son lastimados por los operarios cuando intentan alejarlos. Y si rompen las jaulas y se escapan los salmones, esta especie exótica compite con otras nativas y carismáticas como los pingüinos". La problemática aterrizó también en las cocinas de los principales chefs de la Argentina que, ahora conscientes de su impacto ambiental, empezaron a tomar medidas para promover la misma conciencia en sus comensales. "En los últimos 30 años hemos cocinado miles de salmones. Pero en los últimos dos años empezamos a escuchar el problema a partir de lo ocurrido en Chile y hace tres meses dejamos de servir en nuestros diez restaurantes en la Argentina y otros lugares del mundo. Creo que nunca es tarde para hacer cambios y empezar de nuevo", dijo Francis Mallmann.

Lino Adillon, chef del restaurante Volver y uno de los referentes de la gastronomía fueguina, se sumó a la campaña antisalmonera excluyendo directamente el salmón de su carta. En su restaurante, donde invita a beber agua del Canal de Beagle por la pureza de sus cualidades, quitó el salmón de la carta hace más de dos años: "Hace 200 años venían en busca de ballenas y lobos; los arrasaron para fabricar aceite. Hoy estamos en riesgo de que ocurra lo mismo. A los clientes se les explica y lo entienden". Y si entretanto los economistas advierten que los puestos de trabajo prometidos por la industria son apenas un puñado, más un espejismo que una realidad, los tiempos de la reacción política se muestran lentos. En marzo de este año Ushuaia prohibió instalar infraestructura para la cría intensiva de salmones en el tejido urbano y se presentó luego un proyecto de ley para prohibir la actividad en la provincia de Tierra del Fuego, pero el año electoral demora los procesos y no se conocen aún ni los detalles ni la futura reglamentación de una normativa que la comunidad y los científicos consideran esencial para evitar la repetición de un desastre ambiental en la Patagonia.

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