(foto depositphotos)

Desde las sucesivas revoluciones de la independencia en el siglo XIX, que con diversas características, liquidaron el colonialismo español y portugués, no hubo en la historia de nuestro continente un proceso de convulsiones de estas dimensiones y con estas contradicciones. ¿Cuál es el hilo conductor? El protagonismo de la gente, la resistencia contra el poder y las contradicciones entre cada situación. No se puede decir que lo que está sucediendo en Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, Perú, Venezuela y en cierta forma también en Brasil y Paraguay, puedan atribuirse a un plan centralizado ni mucho menos. Solo un imbécil del porte de Nicolás Maduro puede vanagloriarse de que se está cumpliendo el mandato del Foro de San Pablo, como sería otra reverenda estupidez mencionar el fatídico Plan Atlanta. Hay otra constante: el dulce pica los dientes, a cualquiera. Y ese es un cambio profundo en la realidad latinoamericana que tuvo a longevos dictadores.

Comencemos por Bolivia, lo más reciente. Evo Morales fue el primer gobernante indígena en un país que tiene 36 lenguas oficiales y el 58% de sus habitantes son de pueblos originales y es el presidente que más duró en el poder en toda la historia de ese martirizado país. No se mantuvo con buenas ideas, o con una sensibilidad diferente sino en base a resultados. Es el país de la región que en los últimos 14 años aumentó de manera más significativa el PBI per cápita pasando de 1.049 dólares a 3.720 dólares, un aumento del 281% en 13 años (2005 al 2018) y lo hizo con estabilidad, con bajo desempleo aunque manteniendo un alto nivel de pobreza y de indigencia. Pero se registró una mejora importante de la distribución de la riqueza, pasando el índice Gini del 58.47 al 44.64 y el 10% más rico de la población recibe el 33.7% de la riqueza, contra el 41.72% de Chile y el 41.67% en Brasil (Uruguay 30.17%).

Morales se mantuvo en base a ganar las elecciones. Hay que considerar que Bolivia tuvo 88 gobiernos diferentes en su vida independiente. Todo un record. En el 2005. Morales obtuvo el 54% de los votos, en el 2009 el 64%, en el 2014 obtuvo el 63.36% y en el año 2016 perdió plebiscito que lo habilitaba a presentarse por un cuarto mandato, el No logró el 51.3% y el Sl alcanzó el 48.7% de los votos. A través de argucias legales muy discutibles, volvió a presentarse para un cuarto mandato y en las elecciones de este año y obtuvo, de acuerdo a un muy cuestionado escrutinio el 47.08% de los votos (perdiendo 21 diputados y 16% del total de la votación en relación al 2014). La misión de la OEA solicitada por el gobierno y la oposición declaró que en estas elecciones se habían producido graves irregularidades en el escrutinio y que no podía reconocer sus resultados y debían convocarse a nuevas elecciones.

Las protestas populares se desataron en todo el país, también con manifestaciones de apoyo a Morales, pero primero la policía, luego las Fuerzas Armadas y también la Central Obrera (aliada al gobierno durante todos estos años) le pidió a Evo Morales que dimitiera, se renovara el Consejo Electoral y se convocara a nuevas elecciones. Se produjo la renuncia en masa del gobierno e incluso de la presidenta del Senado, que debía asumir la presidencia, como lo establece la Constitución. La situación institucional es extremadamente grave y es sin duda un golpe de estado, con directa responsabilidad de los sectores extremistas de la derecha y del propio gobierno por caer en la terrible enfermedad del caudillismo y aferrarse al poder a cualquier costo. La nueva presidenta provisional convocó a nuevas elecciones para el 22 de enero habrá que ver en que condiciones, con que libertades.

En estos mismos instantes enormes manifestaciones de millones de chilenos, que explotaron a partir de un simple aumento del boleto del subterráneo, reclaman cambios radicales en el país, reforma de la Constitución que fue impuesta por la dictadura de Pinochet y algunos sectores reclaman la renuncia del propio Sebastián Piñera. La policía y carabineros han reprimido con salvajismo con más de 20 muertos y con incendios, robos y vejaciones producidas por las fuerzas policiales. El gobierno oscila entre declarar que es una guerra a rever todas las medidas adoptadas y prometer cambios importantes. En Argentina, luego de cuatro años de un desastroso gobierno de Mauricio Macri, que no cumplió ninguna de las promesas de su campaña electoral y que llevó el nivel de pobreza al 39% de la población y la economía a una recisión importante, ganaron en primera vuelta Fernández - Kirchner, a pesar de una avalancha de casos probados de corrupción en contra de Cristina Kirchner y parte importante de su gabinete. Nada nuevo en Argentina.

En Brasil, luego de más de un año y medio es liberado por una resolución del Supremo Tribunal Federal Luis Inacio Lula da Silva, el dos veces presidente de Brasil y líder del PT. Debe aguardar el fin de su apelación en libertad. El juez Sergio Moro que se encarnizó con Lula, además de ser el actual Ministro de Justicia (Interior) del gobierno Bolsonaro, fue descubierto en sus conversaciones ilegales con los fiscales del "Lava Jato", lo que pone en discusión legal y moral todo el proceso. Bolsonaro bajó de una votación del 55.3% de los votos el 29 de octubre del 2018 al actual 26% de aprobación de su mandato. En un solo año. Habría que agregar las grandes revueltas populares de Ecuador, que obligaron al gobierno a retirar todas las medidas económicas dispuestas, la crisis institucional en Perú, la caída del crecimiento económico en Paraguay que parecía una economía incontenible, y la crisis perpetua y terrible tanto política como económica y social de Venezuela. No tenemos espacio para analizar otras situaciones como Colombia y en Centro América e incluso en México en su guerra contra el narco tráfico, bastante discutible en sus resultados. Para ser generosos.

Uruguay en ese cuadro está a una semana del balotaje, donde decidirá si gobernará nuevamente el Frente Amplio con claras e indiscutibles muestras de continuismo en políticas y en personas y cargos o gobernará una coalición de cinco partidos muy diversos entre sí y de orientación de centro derecha y derecha. En la primera vuelta el oficialismo obtuvo el 39% de los votos (contra el 47.8% de hace 5 años) perdió la mayoría parlamentaria en ambas cámaras y la oposición sumada obtuvo el 53.6% de los votos. No hay dudas que asistimos a un capítulo nuevo y extremadamente complejo de la historia del continente. En otros tiempos, estas inestabilidades se hubieran saldado con una serie de golpes de estado, con todas las letras y entorchados y un general o una junta de militares ocuparía varios gobiernos de la región. En ese sentido las cosas han cambiado mucho. ¿Cuánto?

En todos los casos los protagonistas principales de todos estos procesos han sido los movimientos ciudadanos, de diferentes dimensiones y características, pero están desde los que explotaron ante una acusación fundada de fraude electoral, hasta los que acumularon rabias y frustraciones durante 40 años contra los resabios de la dictadura militar y gobiernos de centro izquierda, de centro y de centro derecha. Y desbordaron en las mayores manifestaciones de la historia de Chile. Ese protagonismo es contagioso, se dio en Argentina en las protestas contra el gobierno de Kirchner que fueron claves para derrotarlo en las elecciones y lo fueron en la confrontación contra los desastres de Macri y que al final lo derrotaron. El mismo protagonismo que tuvieron grandes masas populares e indígenas en Ecuador. Brasil comienza también a moverse hacia una de sus grandes tradiciones, la presencia del pueblo en la calle. Y ya no sale casi nadie a defender a Bolsonaro que le quedan 3 años...

Ni que hablar de las interminables protestas en Venezuela, que con 6 millones de refugiados en todos los países de la región, ha utilizado ese mecanismo para descomprimir la olla a presión, pero los atropellos, las violaciones groseras a la constitución bolivariana y a los derechos humanos y el peor desastre de la economía en toda su historia junto a una corrupción rampante de civiles y militares comprometidos hasta el cuello con el régimen, han tenido años de grandes protestas populares, totalmente desoídas por Maduro y su pandilla. De este relato o de otras interpretaciones y análisis se va reclamar mucho estudio para elaborar con coherencia, escribir los hechos de esta situación, pero también, las consecuencias, las tendencias hacia donde apuntan los cambios que se vendrán y las lecciones que deberíamos aprender las fuerzas que efectivamente quieren cambios progresistas, en el continente más injusto del planeta, que se debate entre ir hacia avances de mayor justicia y libertad o retroceder hacia nuevas y peores formas de apropiación de sus riquezas y de sufrimiento de sus grandes mayorías. Lo que está claro es que en todos lados, los errores se pagan muy caros y por parte de todos. Antes había mucha mayor impunidad, para todos.

ESTEBAN VALENTI

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