La pandemia es trágica pero ha tenido una virtud, ha puesto a prueba y hizo emerger situaciones y perfiles de cada uno de los países. Uruguay, como nunca antes se debate entre dos extremos, históricos y actuales, entre el primer mundo y el cuarto mundo. Estas definiciones son fundamentales para buscar proyectos, rumbos, posibilidades de desarrollo nacional en un futuro incierto para todo el mundo y en particular para la región. Uruguay tiene un pasado de primer mundo. Sobre todo desde la aparición de José Pedro Varela en la década de 1870 con sus realizaciones concretas y su aporte intelectual e ideal al tema de la educación laica, gratuita y obligatoria, colocó la educación a un nivel democrático e institucional de los más avanzados. Siguió con todo el proceso del inicio del siglo XX y la construcción de uno de los primeros estados del bienestar en el mundo. En esos momentos en la cuna del concepto y la realidad del "Estado del bienestar", en Europa marcharon y combatieron la sangrienta Gran Guerra, la primera guerra mundial.

Uruguay desde el punto de vista material, su economía, su industria, sus servicios, sus organizaciones sociales, sus leyes sociales, el nivel de sus ingresos familiares, sus derechos cívicos (divorcio, voto para las mujeres) y en particular su arquitectura deslumbrante, su arte, su pintura, su literatura, la vida cultural en su conjunto, la democracia y las instituciones, era un país destacado del primer mundo, situado en el más profundo sur, receptor de decenas de miles de emigrantes provenientes de todo el mundo. En estos días por las redes surgió la iniciativa de mostrar antiguas fotos sobre el Uruguay y además del valor urbanístico y arquitectónico de algunas imágenes lo que resalta es el entorno: el nivel de vida y de cultura de los uruguayos. Cuando pisé por primera vez este país, proveniente de Buenos Aires en el año 1956, todavía quedaba un halo de esa época de oro que me deslumbró de inmediato. Finalizada la última guerra civil en 1904, Uruguay inaugura un periodo de progreso y consolidación institucional, donde el principal fenómeno fue sin duda el surgimiento del batllismo y su profunda influencia en el país y parte del proceso de consolidación democrática, interrumpido por primera vez en el siglo XX con el golpe de Baldomir en 1931.

Si lo comparamos con Argentina los golpes de estado fueron seis en 1930, 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976, que sumaron 25 años de gobiernos autoritarios, con 14 dictadores diferentes. Una simple comparación. El nivel de los logros alcanzados durante los gobiernos batllistas sería muy extensa, aunque siempre es conveniente recordarla, porque esa fue la base del nivel de desarrollo del país, de alcanzar en el rédito per cápita de sus habitantes entre los más altos del mundo y en muchos otros aspectos. En el puerto de Montevideo y sus posteriores desarrollos y modernizaciones, en particular en las últimas décadas, en los aeropuertos de la capital y de Punta del este, en el nivel de su infraestructura educativa. Las universidades en América Latina nacieron a partir de casas de estudio instaladas por la colonia encargados de la formación superior para llenar las necesidades de su personal civil y eclesiásticos y fueron fundadas por órdenes religiosas, en la Banda Oriental y en el Uruguay fue totalmente diferente. En 1838, el Presidente Manuel Oribe emite un decreto que convierte a la Casa de Estudios Generales en Universidad Mayor de la República, en los prolegómenos de la Guerra Grande.

La UDELAR tuvo siempre (excepto durante la dictadura) una alta valoración regional e internacional, que se ha renovado a partir de su papel en el proceso de la pandemia. La lista real y simbólica de elementos del primer mundo que exhibe el Uruguay es muy larga, e incluye el fútbol, sus indicadores productivos en muchos rubros agropecuarios, su nivel de saneamiento, de conectividad en sus telecomunicaciones, su uso de las nuevas tecnologías, el primer lugar en la producción y exportación de software por habitante en la región, sus instalaciones sanitarias y muchos otros rubros que debo estar olvidando. En la lista habría que agregar su solidez institucional a partir de la recuperación de la democracia en 1985, su libertad de prensa, sus derechos ciudadanos en permanente expansión, sus leyes de avanzada en particular a partir de los últimos 20 años, la transparencia de su sistema electoral y la percepción de la ciudadanía y desde el exterior de ser uno de los países menos corruptos del mundo (Índice de Transparencia Internacional). Tenemos muchas cosas de primer mundo, forjadas por nuestra sociedad, nuestros gobiernos que son parte de nuestra identidad y nuestra nostalgia.

Pero si termináramos el relato a esta altura, seríamos falsos e indecentes. En el otro extremo nos debatimos, chocamos con realidades del cuarto mundo. Hemos reducido los niveles de pobreza e indigencia, pero tenemos situaciones habitacionales de extrema pobreza, de mugre, de marginación para decenas de miles de familias en particular jóvenes y niños. Y nadie lo puede negar ni ocultar. Situaciones peores a las favelas de Brasil. Recorran en un día de mucha lluvia la zona norte y oeste de Montevideo e importantes áreas metropolitanas y verán el cuarto mundo. Han mejorado algunas cárceles, no hay dudas, pero en otras se vive como en el 4to mundo, más allá de lo humano y tenemos de los más altos niveles de presos por habitantes del continente. 12.300 presos para 3.400.000 habitantes. (361 presos por cada 100.000 habitantes...) El Salvador ocupa el segundo lugar en el mundo con 614 presos por cada 100 mil habitantes, Cuba en el sexto lugar del mundo tiene 510 presos. Estamos entre los peores, sin duda. El primer lugar por lejos lo ocupan los EE.UU. con 655 presos por 100.000 habitantes.

¿Para qué empantanarnos en más descripciones con las que todos convivimos a diario? Tomemos un ejemplo de un salto del peor mundo judicial: "En diciembre de 2017 Uruguay tenía el 69,8% de su población carcelaria sin sentencia de condena ejecutoriada y sólo el 30,2% de condenados. Ocupábamos el lugar 12° (último) en América Latina" (Cuarto mundo) "Hoy Uruguay tiene el 22,3% de su población carcelaria sin sentencia de condena y el 77,7% de condenados" Primer mundo (Jorge Díaz Fiscal de Corte - Twitter). Se puede. No se trata solo de sensibilidad social y humana, se trata de algo mucho más profundo, de que ningún país ha erradicado totalmente diferencias y zanjas importantes, pero ningún país que aspire a ser desarrollado, puede permitirse esas zonas de retraso social, humano y económico, ese nivel de contradicciones y fracturas entre el primer mundo y el cuarto dentro de sus fronteras, aunque haya mejorado el índice Gini y aumentando el PBI per cápita. No podemos dedicarnos varios años a explicar las imágenes que los grandes medios de comunicación harán circular, hasta que ya no le puedan echar la culpa a la herencia maldita. La dureza de esas imágenes, de esas zonas urbanas paupérrimas, de esas casitas de cartón y lata, de la violencia terrible de ciertas cárceles, la mugre en la capital casi como una constante (de 4to mundo), es un precio demasiado alto para los que sufren esas situaciones, y para todos los uruguayos.

Hace falta revisar críticamente que hicimos o mejor dicho que fue lo que NO hicimos para ERRADICAR esas vergüenzas nacionales, que tienen una larga historia, pero que debemos asumirlas por los 15 años de gobiernos proclamados de izquierda o progresistas. Deberían haber sido las prioridades absolutas y no el malabarismo permanente con las estadísticas. En la educación la situación es más compleja, tenemos una tradición y una trayectoria de formación de maestros de primaria de muy buen nivel, pero los resultados de secundaria están por debajo de la media continental, en deserción y en aprendizaje. Y no es un problema de inversión, tenemos un alto nivel de gastos educativos, tanto por cada estudiante como por el porcentaje del PBI. Pero las diferencias sociales tienen en la educación una de sus más graves expresiones en las diferencias y en la pérdida del papel democratizador de las oportunidades. El nivel de la violencia de género, de los feminicidios, la concentración de los asesinatos en determinadas zonas geográficas y sociales, es parte de esa fractura que ancla y retrasa nuestro desarrollo. Un auténtico proyecto nacional, debe contener en su núcleo central y principal disminuir drásticamente esa fractura entre los diversos mundos que conviven en un pequeño gran país como Uruguay.

Esteban Valenti

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