Gente d'Italia

Un hijo italiano adoptado por Uruguay

Veintidós días atravesando el Atlántico, un cumpleaños en altamar sin festejo y con un estado de salud desalentador; vestía un cuerpo fuerte y preparado para el trabajo, un futuro libre de obligaciones militares pero lejos de la tierra que le dio sus primeros alimentos, una mente abierta e ingeniosa aunque de poca escuela; mucho campo, sol, tierra y agua; todo el resto por aprender, un mundo que estaba para explorar y según decían los vendedores de sueños americanos, lleno de oportunidades y formas de hacer dinero. Desembarcó en tierras rioplatenses con 18 años, muy lejos de toda su familia, viajaba sin acompañante, tan sólo cargado de sueños y de recuerdos. Esta es la historia de Giuseppe Santucci. Hoy con 85 años, cuenta lo que dejó en la campania italiana, lo que trajo a Uruguay, lo que logró construir de este lado del mundo y el puente que hoy une un pedacito de Italia con sus hijos en una comunidad que brega por mantener vivas sus tradiciones y valores. Según parece, en la región de Benevento, Santa Lucia y San Michele Arcangelo protegen un pueblo, que aún siendo pequeño guarda un inmenso valor: Sassinoro.

Conocido por ser "Il paese dell'acqua" gracias a la riqueza de manantiales y fuentes públicas que posee, festeja cada año el día mundial del agua, con la necesidad de proteger el patrimonio hídrico esencial para la vida del ser humano. La comunidad recibe visitantes de Italia y del resto del mundo, que tienen como objetivo común la defensa de dicho recurso. Pero allí también los Santucci hace mucho tiempo, donaron las tierras para la construcción de un santuario con gran historia y muy apreciado por los turistas. La leyenda que lo ampara, viene del siglo XVII, de los pastores a quienes se les apareció la imagen de Santa Lucia en una gruta que les sirvió de refugio mientras trabajaban. Giuseppe era apenas un niño, pero recuerda que el pueblo se había organizado de forma tal que cada familia aportara su granito de arena, pero que más que un granito era una piedra de la zona, con la cuales se levantaría el campanario, obra que se pudo terminar sobre el año 1945. Allá se trabajaba duro pero al finalizar la jornada, parecía haber rendido muy poco. Económicamente hablando, había trabajo para todos; pero pudiendo pagarle a un peón doscientas cincuenta liras si los cien kilogramos de trigo valían diez mil de ellas, "¿Pobre gente, cómo hacía para vivir?" se lamenta.

Además, aquello con lo que se podía colaborar, víveres para los vecinos más necesitados - sal, oliva, uva - se compartía. Y lo que no, se escondía bajo tierra; por eso, la puerta quedaba abierta. Las tropas de Mussolini podían entrar libremente, no encontrar nada y volver a irse sin despojarlos del fruto de su trabajo. Esa era la contrapartida de la riqueza que se podía tener, la expropiación de lo que se lograba con tanto sacrificio. Y lo poco que se podía obtener con la labor diaria. Mismo pasa hoy día, lo que aún conserva, las paredes que albergaron sus primeros 17 años, fueron ultrajadas, el patrimonio familiar despojado de cualquier objeto que conservara el espíritu materializado de generaciones. No estaba su futuro asegurado, pero no hubiera sido tan productivo como lo fue aquí, afirma con cierto dejo de tristeza. Y entonces, quedó el pueblo, pero no la gente; algo que en una visita al cementerio del lugar, Giuseppe pudo constatar expresando: "está en peligro de extinción", tan sólo alcanza unos pocos centenares de habitantes. No había mucho que traer, con lo que tenía le iba a alcanzar, visión: tratar de hacer lo que otros no hacían. Su enseñanza estuvo en las montañas con las vacas, no contaba con un título universitario. La inmigración europea no era tan ilustrada como la esperaban de este lado, acostumbrados a los colonizadores instruidos que venían con técnicas, literatura, y grandes inventos y adornos.

Aquí venían manos a trabajar. Su espíritu emprendedor, que habría surgido de horas bajo el sol que no quería reproducir otra vez, lo llevaron a adquirir rápidamente nuevos oficios desde sus inicios. Radicado en la zona del hipódromo, en casa de un familiar comenzó por la metalúrgica y la herrería. Estos saberes le permitieron construir ventanas y puertas. Con tanto esmero aprendía que su productividad aumentaba a pasos agigantados. Cuenta que aunque le ofrecieron más dinero siendo dependiente, necesitó establecer su propio rumbo, ser libre de tomar decisiones y hacer el trabajo a su modo y por su cuenta. Los clientes, entre ellos muchos españoles e italianos, le hacían encargos sin consultar precios; dando cuenta de la calidad de su labor. Manteniendo el espíritu familiar a medida que crecía, repartía trabajo e involucraba a muchas personas. Dar una mano lo hacía sentir fuerte, lo llenaba de más entusiasmo. Este es un ejemplo más de cómo los inmigrantes italianos contribuían al desarrollo económico, político y social de los lugares donde se asentaban. Cuenta con dos ejemplos que fueron guía e inspiración de su camino. Jacinto Tucillo, misionero encomendado a instalarse donde hubiera pobreza y necesidad de cultura, fundador de la Iglesia de Pompeya en Piedras Blancas; y Francesco Matarazzo, un gran emprendedor italiano que se radicó en San Pablo construyendo un gran imperio, del que lamentablemente sólo quedan recuerdos.

Pero su aporte empresarial no lo ha sido todo, ni ha sido el logro más importante. No se trató de construir marcos, aberturas y cerramientos; se trató de construir el techo que albergaría a una comunidad entera, y luego, bajo él, los lazos más fraternos de aquellos que están unidos por la misma tierra. Un día, un socio lo presentó ante un grupo de mujeres que se hallaban cocinando. El aroma lo hizo viajar a su casa natal, a recordar la cocina de su abuela, sin poder contener las lágrimas. Fue invitado a comer, pero no aceptó sin antes pagar el debido ticket. Pensando que él tenía los recursos suficientes como para ayudar a otros, y una vez conocida la historia de aquél grupo de inmigrantes, se atrevió a continuar con la obra que un arquitecto ya había proyectado. No obstante, no quiso seguir el diseño original, optando por cambios más prácticos, que el profesional luego reconoció eran acertados. Por ese entonces, el socio más antiguo con el que cuenta la asociación, hoy con 99 años, pensó en hacer la cocina y el baño. Giuseppe confiando más en el destino, insistió en hacer todo lo que faltaba, sin importar que no estuvieran los recursos económicos, ya que no había que preocuparse, se podía lograr. Buscó todas las formas de minimizar costos para cumplir con su objetivo. Y así entonces, en abril del año 2005 se inauguró la sede de la colectividad AERCU en Avda. 8 de Octubre y Vera. Una asociación, que según contó Ana Santucci, tiene como misión mantener y transmitir a las nuevas generaciones la cultura, las tradiciones y los valores que caracterizan a Italia como nación.

Gracias a este proyecto, se realizan actividades como un grupo de danza, ya de gran trayectoria, como lo es "Stelle Campane" integrado por jóvenes, y "La Mamma Mia" formado por adultos. También se dictan clases de Italiano y se realizan almuerzos mensuales donde se comparten la música y la gastronomía de sus raíces italianas. El pasado 2 de julio, cumplieron 34 años como institución referente de la Región Campania en Uruguay, y aunque en esta oportunidad no se pudo festejar por la emergencia sanitaria que atraviesa la sociedad, no se pasó por alto tal conmemoración a través de sendos mensajes en las redes sociales. Como gran colaborador y precursor de la colectividad, Giuseppe fue invitado a ser presidente, y aunque se rehusaba a tomar tal lugar puesto que su colaboración era desde otro ámbito, ha estado al frente desde fines de 2008 hasta el 2014, y desde noviembre de 2016 a la actualidad. Una historia tan completa que hasta necesitaba un broche de oro. Y el mismo llegó en 2015 con una sorpresa bien preparada por sus allegados, cuando fue reconocido con el título de Cavaliere del’Ordine della Stella d’Italia, una condecoración honoraria para aquellos italianos que han contribuido a la reconstrucción de Italia, cuya representación la ejerce el presidente de la República Italiana y está reglamentada por ley. A propósito, Giuseppe tuvo el agrado de recibir a un jefe de estado italiano luego de haber pasado 16 años sin que uno de ellos visitara Uruguay, haciendo los honores al señor Sergio Mattarella.

Cabe resaltar que la información referente a los títulos otorgados se puede verificar en la página web de Presidenza della Repubblica - quirinale.it - donde está la nómina de los hasta ahora 10900 condecorados con dicho título alrededor de todo el mundo. Un inmigrante que luego de haber intentado todo lo que se proponía, habiendo formado una familia en Uruguay, incorporado un oficio, creado un negocio y muchos emprendimientos y ayudado a cientos de familias de aquí y de allá, decidió retirarse de las canchas un poco, a los 65 años, para disfrutar de sus nietos y bisnietos. Hace poco la salud no le jugó una buena pasada, y hoy se recupera con mucho ejercicio y dedicación de un traspié, pero que no le cambia el ánimo en absoluto. Piensa volver a Italia otra vez porque hace mucho no va, le gusta cocinar, navegar por internet y consultar las redes sociales para mantenerse informado, mirar un poco de fútbol cuando hay mundiales (hinchando por Italia) seguir al político que mejor le caiga, sin ser aprehensivo ya que supo estar con todos aquellos que lo necesitaron; pero ya no sueña con la posibilidad de invertir en Uruguay. Considera que es un país que está obstruido, que hay fuga de cerebros y de capitales, que los costos son muy altos y que no se está aprovechando la riqueza local para disfrutarla acá. Es un hijo italiano adoptado por Uruguay, pero siempre la Bella Italia será su madre, y no reniega de su origen ni cuando parla l’italiano con quienes les han relatado con mucho gusto esta historia.

SILVINA LORIER - CONO QUIJANO

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