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Un satrianesi de sangre, ahora un uruguayo que nunca olvida sus raíces italianas. Don Roque Pascale Faruolo, lucha por mantener vivas las costumbres y tradiciones que lo formaron. Conocer la historia de personas como mi tatarabuelo Nicola de Morano; Giusseppe de Sassinoro; Mario y Emilia de Avellino; Rocchina de Satriano, el abuelo Roque Manzo de Baronissi, Antonio de Milán, los teggianenses que llegaron a mi ciudad natal en Florida, entre otras personas ilustres que construyeron en sentido figurado y literalmente gran parte de nuestro entorno, me ha llevado a reflexionar sobre quiénes somos realmente y de por qué nos olvidamos de quiénes nos han llevado a ser y disfrutar de lo que tenemos. La globalización es un fenómeno que ya estudiaba en la escuela, pero recién de adulta puedo ver sus implicancias.

Es muy fácil hoy conocer otras culturas, incluso adoptar costumbres de otras tierras, ya que los medios de comunicación nos tienen al tanto de todo lo que pasa en todo el mundo en tiempo real. Hacemos cosas que ni cuestionamos, decimos palabras que no sabemos de dónde vienen, ni cómo llegaron a nosotros, saludamos gente cuya historia desconocemos, vemos manos trabajar y mentes crear sin apreciar que detrás de ello hay cientos de creencias y valores que forjaron sus vidas. Somos hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes, la población uruguaya tiene un altísimo porcentaje de ítalo-uruguayos, realmente no podemos obviar qué nos trajo hasta acá, por qué somos así, y no podemos permitir que nuestras generaciones futuras lo olviden. Sabrán muchos de ustedes, que el porcentaje de italianos naturales viviendo aquí es cada vez menor, que en la oleada de inmigrantes que llegó en el periodo de postguerra, llegaron los últimos, y sólo ellos nos pueden contar cosas que ningún libro nos ha contado jamás. Pocos jóvenes se interesan por sus antepasados, la “historia” no vende, no les llama la atención, pero creo que desconocer tanto de nuestro origen es tan peligroso como estar permanentemente “conectado al mundo”, a la idea postmodernista de una identidad sin raíces; pero yo estoy convencida - y deseo me acompañen en este pensamiento - que como dice un cancionero popular: “árbol sin raíces no aguanta parado ningún temporal” Les propongo ahora conocer esta historia, y prestar atención a los valores y costumbres que surgen del relato.

No los perdamos de vista. Al fin y al cabo, “la cultura nunca puede estar de lado” Pantalla de por medio, por estas cosas de la pandemia, fuimos conociéndonos. Roque se tomó el tiempo de responder a mis sendas preguntas, y luego compartimos un mano a mano on-line. Satriano de Lucania no era nuevo para mí, y si alguno de ustedes me ha leído, tampoco lo será. De ese pueblito también es mi querida Rocchina Tortorella; un rincón en la provincia de Potenza, que didácticamente hablando, se encuentra en el “tobillo” de la bota. Una región que ha sido castigada por la naturaleza, por las pestes, cuya ingrata tierra no permitió nunca realizar cultivos extensivos y generar riqueza, sólo auto sustento, la supervivencia. Con un burro, unas chivas y unas gallinas, Roque creció al lado de su madre, su abuela materna y su hermano menor; mientras su padre probaba suerte en L’America, desde 1948. Giovannino Pascale, padre de Roque, se había casado en el año 1944 con Luisa Faruolo.

Muchos, a los que este año les encaja perfectamente en un lugar y momento oscuro de la historia, se preguntarán por qué Don Giovannino no estaba combatiendo en la guerra en ese entonces. Y he aquí esas vueltas de la vida, que se trata de otro “milagro de guerra” como fue el caso de mi primer entrevistado, Antonio Scanziani. Porque, si bien perteneció al Tercer Regimiento de Bersaglieri, un batallón de avanzada cuyo medio de transporte destacado fuera la bicicleta, una vez al frente de batalla en Rusia, fue herido y dado de baja. Pero, lejos de heroísmos, nunca gustó hablar de ello. En Uruguay estos héroes han sido acogidos por una sede de la Asociación Bersaglieri ubicada en la Calle Carreras Nacionales al 3485. Giovannino llegó a Uruguay gracias a sus familiares que ya se encontraban aquí, porque en el año 1928 habían emigrado dos de sus hermanos. Llegó y no lo dejaron ni conservar el nombre, fue anotado como “Juancito” en su primer cédula, pero en la jefatura de policía le advirtieron que los nombres no podían ser diminutivos, y debió cambiarse a Juan Pascale; no obstante esa no era la traducción literal de su nombre y podría devenir en problemas legales ante futuros trámites, por lo que tramitó el reconocimiento de su nombre de nacimiento.

Llegaban en calidad de campesinos, pero el padre de Roque, aprendió el oficio de chapista y desempeñó tareas como tal en los talleres de la Administración Municipal de Transporte (AMDET) hasta que la misma dejó de operar con los tranvías y continuó como trabajador en las cooperativas de trolebuses donde finalmente pasó a retiro. Se destaca como en tantos casos de inmigrantes, la insistente búsqueda de la mejora económica, porque siendo hijos de tierras pobres, de arduas labores y pocas ganancias, los caracterizaba la motivación permanente por mejorar la calidad de vida, haciendo de ellos un ejemplo de perseverancia. Incluso, leyendo al historiador Juan Antonio Oddone, se infiere una sobreestimación del éxito económico, como una especie de escudo contra el desamparo y la minusvalía inicial que padecieron al llegar; venían con la promesa de un nuevo mundo, “el sueño americano” me atrevería a decir que acá se tradujo como “Hacer La América”, y hoy podemos asegurar que con tan sólo mirar la arquitectura que nos rodea, consultar una

guía telefónica o pensar en un menú gastronómico, los inmigrantes hicieron mucho más de lo que hubieran imaginado. Pero nada fue fácil. He aquí otro ejemplo. Con tan sólo cinco años, Roque viajó en un barco carguero adaptado a pasajeros de nombre Francesco Morosini, que se asimilaba mucho a un barco negrero, lleno de camas dobles soldadas al piso con una sala en cubierta donde se proyectaban películas y los italianos hacían música con sus acordeones. No debemos olvidar que la emigración europea fue un gran negocio por sobre la necesidad; la reducción de costos se veía reflejada en una escasa tripulación, en comida de mala calidad, espacios reducidos y condiciones precarias de higiene a bordo. Ellos zarparon de Nápoles, luego de una travesía desde su pueblo en camión. Una travesía sí, para una familia que sólo conocía como medio de transporte al burro, al caballo y al carro. Un niño que se fascinó al ver tantos coches en la ciudad; algo así como naves espaciales venidas de otro planeta. Y sin saber que la aventura sería aún mayor, cuando en esa embarcación tuvo que asistir a su madre que padecía un gran malestar estomacal y debió sobrellevar el viaje en cama; y también por ende a su hermano Donatto; buscando comida de un lado a otro del barco, intentando sobrevivir sin tan siquiera conocer un idioma más universal que su dialecto satrianés. Nuevos mundos, como un Colón descubriendo un nuevo continente, Roque se asombró en la primer escala en el puerto de Dakar, donde veía los primeros negros salir de sus chozas de paja; y luego la parada en Río de Janeiro y el viaje a Niteroi cruzando la Bahía de Guanabara sin puente, claro está. Conoció las antiguas favelas, esos ranchos “clavados o socavados en la montaña” y admite que comió muchísimas bananas, un fruto que no conocía en ese entonces. Este interminable relato culmina con la llegada al puerto de Montevideo la fría noche del 29 de setiembre de 1951, donde sólo aguardaban largos trámites de migración.

Ahora a descargar la mudanza: la ropa, las sábanas y mantas, las ollas, la vajilla, y unas latas con longanizas cubiertas con grasa de cerdo cerradas con estaño. Todo en dos baúles y un par de valijas “de aquellas de cartón”. Tierra firme en un barrio hoy conocido como Malvín Norte, una zona donde los inmigrantes extranjeros tenían la posibilidad de conseguir solares a precios módicos, y por ende, conjugaban allí italianos, españoles y “los clásicos almaceneros de las esquinas, todos armenios” Su madre se desempeñó en el servicio doméstico y la ardua labor de ama de casa. Había ciertas dificultades para el abastecimiento de comestibles, de frutas y verduras, carne y leche, “había que hacer cola para comprar papas” Roque fue alumno de la escuela y el liceo públicos, y estudió en la UTU, graduándose como Técnico Electricista. Comenzó a trabajar a los 19 años en una empresa de electrodomésticos, y luego tuvo el honor de ser uno de los primeros empleados de la FIAT (recuérdese: Fabbrica Italiana Automobili Torino) en Uruguay, durante 27 años, culminando sus 46 años de aporte al BPS en una empresa de autopartes. Su especialidad en la rama metalúrgica fue la de “Analista de Calidad”. Paralelo a su desarrollo profesional, conformó una hermosa familia, casándose con una uruguaya oriunda de Rivera con quien tuvo dos hijos, Silvanna y Juan Martín, y disfruta de un pequeño nieto. Su hermano se radicó en Paris en 1973 pero visita Uruguay asiduamente. Fue de la mano de este hermano que retornó al pueblo natal, a mirar por “las ventanitas del recuerdo”, recorrer sus calles, conocer mejor las “fontanas”. Roque piensa que su vida en Satriano hubiera sido como fue la de sus primos, viviendo de lo que cultivaban, de algún empleo estatal o empleado en alguna ciudad vecina o haber emigrado a una capital de provincia. Pero hoy tiene a Montevideo y “la colectividad” en memoria de sus raíces. La colectividad Satrianese San Rocco de Montevideo es una de las más grandes según nos cuenta Roque, quien junto a sus padres ayudó a construir este centro de identidad italiana. En el año 1979 inauguraron la capilla en su parque en Camino Maldonado km 21, en honor a su santo patrono. La construcción fue una ardua tarea de los socios, pero que dio sus frutos. Tradicionalmente, los segundos domingos de diciembre, han celebrado su fiesta y una misa por San Rocco, con una hermosa procesión por el parque, aunque ya a partir del año pasado esta celebración se vio hackeada por la pandemia.

Según versa el artículo 2 de sus estatutos, la misión de la colectividad es “promover y realizar actos conmemorativos de las festividades tradicionales de índole cultural y devocional, vinculados a la ciudad de origen de sus fundadores y realizar actos de confraternización, sociales, festivos y recreativos” Otra de las actividades que debieron suspenderse, fueron los clásicos almuerzos en su sede de Félix Laborde al 2474. Roque considera que conservar la tradición gastronómica y la música es fundamental. Sabe que el idioma es difícil de mantener, la globalización se ha encargado de universalizar la lengua, haciendo desaparecer las minorías. Somos descendientes de los barcos; “Rocco italiano” ahora es Roque rioplatense, le gusta el fútbol – Peñarol – la pasta, la carne, hacer los mandados para colaborar en la casa, ir al club, y trabajar en la colectividad, porque “no hay futuro si ignoramos nuestra historia” e Italia tiene una historia milenaria, “Da Vinci es italiano”, “hay que sentir orgullo de lo surgió en esas tierras”, resalta. Por eso, les dejamos unas recomendaciones: Leer el libro La Otra Satriano di Lucania de Maricarmen Pascale, mirar la película Los Girasoles de Rusia con Sofía Lauren y visitar el parque de la Colectividad, probar un plato tradicional y dejarse llevar… ¡Ojalá podamos encontraros allí en Diciembre próximo!