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POR ESTEBAN VALENTI

Todos los veranos son diferentes, es obvio, pero hay algunos que deberían quedar grabados en nuestra memoria, porque resumen una etapa, un hito, un momento especial de nuestras vidas.

Me refiero a profundas señales en nuestras sociedades, en nuestras vidas colectivas e individuales, de manera inseparable, en un solo ovillo de experiencias, de sensaciones muchas veces contradictorias. En Uruguay los veranos comienzan en un año y terminan en el siguiente.

Este es el verano en que todos los que pudimos tratamos de sacudirnos el polvo inmundo de la peste y salimos un poco desenfrenadamente a conquistar nuestra libertad de encontrarnos, de abrazarnos, de festejar -aunque muchas veces había bien poco para festejar- y tratamos de ocupar esos espacios que son parte de nuestros mejores recuerdos, los del descanso, las vacaciones, la familia, los amigos, las playas que han moldeado incluso el carácter de los orientales, su encuentro con el mar.

Lo hicimos más allá de toda cordura, de toda mesura y de toda medición de la pandemia y las benditas estadísticas y los últimos feroces partes diarios del SINAE. No es inconsciencia, es reacción, es que a los seres humanos nos cuesta terriblemente aceptar que hay algo que no podemos conquistar, derrotar, imponerle nuestra voluntad suprema. Nos viene desde el fondo de nuestro ADN, de nuestros ancestros, de nuestra identidad como especie. No es solo un hecho cultural, somos diferentes, por eso conquistamos el mundo y queremos conquistar otros mundos, no solo en el infinito espacio, sino en la ciencia, en el arte, en la cultura, en la ciencia.

Los dolores de las cifras globales y nacionales nos golpean y sobre todo cuando entran en el reducto de tu familia y nos muestran cuan impotentes podemos estar ante una mínima e incontrolada partícula viva de la naturaleza: un virus, un simple virus de los millones que existen.

La gente, sobre todo los que tienen bastante tiempo para seguir en este mundo, los jóvenes, salieron a reconquistar su mundo, cada uno a su nivel, con sus posibilidades, con sus fuerzas necesitaban demostrar que también estas generaciones son invencibles. Como lo hicimos todas las anteriores, ante las guerras más feroces, los holocaustos, las pestes y los desastres naturales.

Es un verano tan o más lleno de dudas, de interrogantes, de inseguridades que los anteriores o incluso más. Sobre la pandemia, sobre Ómicron (recuerdo que es el título de una maravillosa película del neorrealismo italiano, actuada por Renato Salvatori y dirigida por Ugo Gregoretti, que ironía) y si puede ser el fin de este horror que nos afectó tanto. Pero no solo.

No todas las dudas y las inseguridades son sobre la pandemia, en realidad esta ocultó o nos desnudó otros peligros que no tienen retorno, no tienen vacunas y cuyo desenlace está totalmente en nuestras manos, la de los seres humanos.

Hablar de esas interrogantes parece agotador, con la pandemia nos alcanza, pero estamos obligados para no ser irresponsables.

No solo el sordo, lento pero inexorable avance del cambio climático y la desganada carrera del mundo organizado, de la gobernanza mundial, de las potencias económicas, de muchas de las grandes empresas y en definitiva de cada uno de nosotros por imponernos los límites que frenen esa carrera hacia la destrucción.

Las otras inseguridades son bélicas, son las tensiones crecientes y cada día más feroces en el mundo actual el de las pequeñas y medianas guerras calientes y la gran guerra tibia. La lista sería interminable, la última que se incorporó es Kazajistán.

Todos los días, de manera constante, aparecen, explotan las noticias no solo sobre estas crecientes tensiones, sino sobre los miles de millones de dólares que gastamos para seguir armándonos, para superar los límites de la potencia, de la velocidad, del control de los radares, de la efectividad para matar y destruir y hacerlo a la distancia sin arriesgar ni siquiera un soldado. Los datos están en la prensa, aparecen con la naturalidad de un partido de tenis y forman parte central de la economía del mundo.

No todo es global, también es un verano particular para los uruguayos. Estamos a pocas semanas de ir nuevamente a las urnas, esas cajas con una ranura que han marcado desde hace muchas décadas nuestra historia y nuestro destino. Ahora nos convocan a un referéndum.

Y tendremos que ir, porque el voto en este bendito país es obligatorio, como corresponde para cumplir la más elemental obligación social y ciudadana, sino porque es parte de nuestra esencia. Y el domingo 27 de marzo allí estaremos.

Serán cuatro opciones, por el SÍ (rosado), el NO (celeste), el voto en blanco y el voto anulado. Los que voten en blanco, se sumarán al voto por el NO, aunque ellos mismos no lo sepan o no lo quieran.

Es una instancia importante, como siempre que nos convocan a las urnas, en particular la voluntad manifiesta del 25% de los ciudadanos que firmaron y estamparon sus huellas digitales. No es una obligación formal, tiene que ver con cosas sutiles, complejas, incluso delicadas a la que los uruguayos estamos acostumbrados. Todos los que gritan a los cuatro vientos que nadie conoce los 135 artículos que se pretende derogar, nos agreden, nos menosprecian. Llegaremos al día de la votación y sabremos, habremos decidido en base a nuestro criterio, nuestra información, nuestra sensibilidad y nuestras prioridades. Nunca nos subestimen, somos de dar sorpresas.

Reafirmar o anular esos 135 artículos, cuando en el Parlamento se aprobaron otros 340 artículos de la misma Ley de Urgencia, muestra que a pesar de las broncas, de los barros en los que a veces se arrastra cierta política, los uruguayos seguimos siendo ciudadanos en serio, no al montón y que no somos rebaño, con o sin inmunidad.

Los 135 artículos tienen que ver con nuestros derechos, nuestra seguridad unida a la justicia y al derecho, nuestra libertad, nuestra educación pública, nuestras expectativas económicas y sociales, porque cada bando expresa inexorablemente prioridades muy claras, políticas muy diversas cuyos efectos son absolutamente claros, con o sin pandemia. En el mismo momento en el que se venden 50 mil autos nuevos (récord absoluto desde el 2017, en el mes de diciembre del 2021, en las fiestas los supermercados vendieron 7% menos que el año anterior, que el 2020…).

También es el verano en que los uruguayos inauguramos el Museo de Arte Contemporáneo (MACA) soñado y financiado por Pablo Atchugarry y diseñado por Carlos Ott, ese plato volador vikingo que expresa uno de los secretos de este pequeño gran país, la cantidad y la calidad de sus artistas plásticos y nuestro gusto por las artes. Y allí estará para despegar con nosotros y llevarnos por cielos y mares de maravillosos creadores de estos tiempos, donde la turbulencia tiene uno de sus refugios o de sus exaltaciones precisamente en las imágenes y los volúmenes.

Este es el verano en que ya alcanzamos, a mediados de enero los números más elevados de contagiados por el coronavirus, la cantidad más alta de casos en un solo día y los más altos porcentajes de positivos (casi el 30%) por hisopados, y sin embargo este tema, cada vez está menos en el tapete del debate político. ¿Milagro? No, capacidad de comunicación del gobierno y dudas, muchas dudas que todos nos atragantamos. Porque todos esperamos sinceramente que le vaya bien, que mejore la situación. Esa es la opinión del 99.9% de los uruguayos.

Y con ese guarismo que no deja dudas, nos despedimos, aunque tendremos que seguir de cerca este verano loco y enloquecedor.

Esteban Valenti