Depositphotos

por Esteban Valenti

Los uruguayos, seguramente por nuestra historia, pero sobre todo por nuestro tamaño en proporción al de nuestros vecinos tenemos la tendencia a comparar cada dato estadístico, social, político, económico cultural, deportivo, alimenticio, etc. etc. a nivel continental y mundial. Es muy posible que esa manía provenga del fútbol y de la desproporción entre la cantidad de habitantes, con los muchos títulos obtenidos a nivel regional, mundial y comercial (venta de jugadores y entrenadores). Lo cierto es que funciona a nivel de la prensa, del discurso político y en nuestras cabezas. Y vaya si funciona.

 

En política, comparamos la estructura de nuestros partidos políticos, que como binomio (colorados y blancos) nacidos simultáneamente un 19 de setiembre de 1836 en una batalla. Incluso los colores distintivos corresponden a las vinchas que utilizaban ambas tropas. Por lo tanto existen desde hace 185 años ininterrumpidamente, mientras que el principal partido del país en la actualidad, la izquierda, el Frente Amplio existe desde 1971, es decir desde hace 51 años.  Una estabilidad indiscutible, a pesar de algunos golpes de estados, generalmente con un colorido partidario: colorado, con excepción del más sangriento y cruel, el de 1973, cívico y militar.

Hay un rasgo que sin necesidad de ningún fanatismo o parcialidad se puede señalar, la izquierda uruguaya, existe unida desde hace más de medio siglo y lejos de debilitarse con la dictadura de 1973-1984 salió fortalecida y entre sus debilidades, no figura el peligro inminente de su división, al contrario.

La derrota del 2019, luego de 15 años de gobernar el país y 29 años de gobernar su capital, no ha impactado en ninguna de sus fuerzas principales introduciendo tendencias a la fractura. El único momento que sufrió una división importante fue en el año 1989 (Hugo Batalla, el PDC y la 99000). No solo dos de esas fuerzas volvieron al FA, sino que la tercera, la de Hugo Batalla se disolvió luego de dos instancias electorales en caída libre.

No hay otros ejemplos en la región, ni en el mundo (por más que he buscado prolijamente) de un Frente político y sobre todo de izquierda – donde las tendencias al fraccionamiento son muy fuertes – que haya sobrevivido durante más de 50 años y con sus vaivenes haya pasado de representar algo menos de un elector cada cinco votantes en 1971, al 51% en el 2004 cuando ganó las elecciones nacionales, o al 43% cuando las perdió frente a una alianza originalmente de centro derecha y que hoy comandada por el lacallismo, se ha desplazado notoriamente hacia la derecha. Obviamente una derecha uruguaya del siglo XXI, básicamente democrática. Uruguaya, es decir que no acepta ser llamada derecha…

En el Uruguay todos sabemos que en el Frente Amplio confluyen socialistas, demócratas cristianos, comunistas, ex guerrilleros del MLN, socialdemócratas, tendencias anarquistas y muy diversos grupos de izquierda y de centro izquierda de larga data o de reciente formación. En los últimos años se ha producido un fraccionamiento y la formación de muchos sectores políticos, sin claras diferencias ideológicas o políticas. ¿Esto ha debilitado la unidad del conjunto? Nadie podría afirmarlo y ni siquiera los adversarios lo hacen.

La unidad política y programática es sin duda la principal fuerza del Frente Amplio en Uruguay.

¿Cuál es su principal debilidad? El lento y largo camino recorrido desde la derrota de octubre del 2019, en que perdió 9% de los votos en relación a las elecciones realizadas 5 años antes, en que no disponía de una dirección adecuada, con una estructura organizativa en todo el país herrumbrada y con falta de una línea política clara de oposición al actual gobierno, a lo que se agregó la pandemia que fue sin duda una dura prueba para las nuevas autoridades, pero también un potente argumento para su bien elaborada estrategia de comunicación para explicar todo y el contrario de todo, y una debilidad para el FA para elaborar un discurso, una adecuada línea política de oposición.

Todavía persiste  una débil elaboración de la alternativa, la nueva alternativa de cambio a este gobierno a partir del 2025.

De sus 15 años de gobierno (tres gobiernos sucesivos) hereda una importante cantidad de transformaciones económicas, sociales, políticas, en menor medida culturales e ideales en la sociedad uruguaya, y una seria dificultad para defenderlas. ¿Por qué?

En primer lugar porque el tercer gobierno del FA fue sin duda el peor, causa importante de la derrota por su flotación económica, social y su falta de empuje en muchos temas, entre otro el de los derechos humanos y en reformas importantes. Han pasado casi 3 años y el Frente Amplio todavía tiene dificultades para afrontar un debate y un discurso para la sociedad, que analice críticamente esas circunstancias. Y el actual gobierno y el oficialismo, lo aprovechan en forma permanente.

En segundo lugar porque el FA perdió la virginidad de ser la permanente oposición y tuvo y tiene que afrontar temas complejos y escabrosos, del manejo del poder, como zonas grises u oscuras de la gestión en ANCAP y otros organismos del Estado y sobre todo una excesos demasiado visible del amor a los cargos, de la rotación en los cargos, vicio siempre criticado a los partidos tradicionales. Y vaya si esos elementos se han transformado en armas arrojadizas en manos del oficialismo actual.

No hacen mella en la unidad del FA, pero han generado áreas de desconfianza y de distanciamiento de sectores de ex votantes del Frente que no han sido superadas. Hay todavía una porción de ex votantes del FA y nuevos votantes que ahora piensa que las diferencias entre la izquierda, el centro y la derecha, no son tales. Y duda o desconfía de la política en general.

Del 1.078.425 Votos por el SI el pasado 27 de marzo en el referéndum sobre los 135 artículos de la LUC, entre un 20% y un 23% declaran que no tienen decidido su voto a favor del Frente Amplio en el 2024, a nivel del conjunto del electorado se trata del aproximadamente del 9% de los votos, más de 210.000.

Es cierto que las actuales políticas del gobierno multicolor y sus cada día más magros o negativos resultados ayudan, pero no alcanza en absoluto. Si el Frente Amplio unido como siempre, no logra derribar esos muros construidos por el mismo, que lo separan de una parte del electorado, su capacidad de crecimiento estará limitada. Y el FA necesita crecer, al menos de un 10% del total del electorado nacional para poder volver a gobernar.

No se trata solo de buenas campañas electorales, no será difícil porque las últimas dos fueron realmente muy malas, ni de recuperar porcentajes, el Frente Amplio unido necesita imperiosamente construir una nueva alternativa política, con cambios importantes en las prácticas tradicionales; programática; ideal; de estado de ánimo ciudadano; de empuje en todo el territorio nacional, considerando que las realidades locales juegan de manera cada día más importante, incluso de la posibilidad de abrir nuevas puertas o tranqueras para el ingreso de nuevos votantes “aliados”. Esto no se logra solamente con ingeniería electoral sino con nuevos contenidos, nuevas propuestas para problemas históricos del Uruguay, el interior, el campo, por ejemplo.

¿Tiene importancia renovar su estructura a nivel de todo el país? Sin duda y a pesar de que las nuevas formas de contacto con la ciudadanía a través de las redes sociales que han revolucionado las campañas electorales, siempre se trata de militar, es decir de aportar horas del tiempo de las personas a la batalla política en el territorio, en el lugar de trabajo o de encuentro social y ahora en las redes. La organización es insustituible.

La unidad es una fuerza de importancia primordial, siempre y cuando no sea un justificativo para la no promoción de un debate serio y profundo, sobre las diferencias que existen, sobre el discurso, es decir el conjunto de ideas que se transmiten a la sociedad, en todo el proceso previo, es decir de este gobierno y la campaña electoral. Y es importante como se tratará el tema de las candidaturas presidenciales, es un tema extremadamente complejo y sutil.

Es más necesario que nunca un discurso profundo, bien elaborado, que incorpore los temas históricos de la izquierda en este nuevo tiempo, pero también los cambios profundos que se están produciendo en el mundo: el medio ambiente, el feminismo, el trabajo, el empleo y las nuevas tecnologías, las nuevas relaciones internacionales y un nuevo latinoamericanismo, con menos frases retóricas y más creatividad y sentido de la realidad y la necesidad de nuestros países, menos siglas de integración y más realidad en grandes proyectos, en combinar capacidades científicas, económicas, humanas, culturales, productivas y de infraestructuras. Lo de la nueva integración es una responsabilidad histórica de la izquierda latinoamericana en este nuevo tiempo. No es cierto  ni puede ser que las relaciones internacionales no tengan en cuenta sensibilidades similares y solo se manejen por intereses. Esa es una visión reaccionaria, de derecha.

Para todas estas exigencias el Frente Amplio debe recomponer, recuperar, renovar en métodos y en capacidades, su relación con la intelectualidad (incluyo la dirigencia de los sectores sociales).

La unidad del Frente Amplio es un valor incalculable, siempre y cuando no se transforme en una coartada para frenar las transformaciones internas y en su relación con toda la sociedad que el Uruguay necesita a gritos de parte de la izquierda.