(foto depositphotos)

por Esteban Valenti

Incluso en países como Bolivia, Ecuador y México la tendencia dominante y con grandes matices entre ellos, es un corrimiento hacia la moderación. ¿Es un repliegue táctico, es un retroceso ideológico? ¿Cómo se explica este proceso?

No menciono a Venezuela porque en realidad es un régimen autoritario, tramposo y corrupto que ya está amañando las elecciones y que su derrota no es electoral, es el desastre más profundo y absoluto que ha vivido ese martirizado país en toda su historia económica, social y cultural.

Por otro lado en Chile un gobierno de derecha y recurrente, el de Sebastián Piñera ha sido derrotado ampliamente en las urnas en el plebiscito y en las calles que ahora reclaman su renuncia. La gente está devastando los últimos vestigios del pinochetismo.

Todo eso se produce con nueve meses de pandemia que han golpeado América del Sur con particular dureza, tanto en el plano sanitario, como económico y social. Hay que asumir que en su conjunto América del Sur y más en general América Latina ha retrocedido 20 años en avances logrados en los principales indicadores sociales y económicos.

De esta situación podría surgir una tendencia a plegarse - en las elecciones realizadas este año - por gobiernos con propuestas en los extremos o a exigirles a sus gobiernos medidas extremas, eso no ha sucedido. ¿Por qué? ¿Qué es lo que muestra la actual tendencia?

Agreguemos un factor cultural-político e ideológico, el propio concepto de "revolución" muchas veces muy variado y contradictorio, no está en absoluto en la agenda regional, no es ni siquiera motivo de una seria y profunda elaboración teórica, de un relato renovado sobre la revolución, que tuvo en nuestro continente décadas de experiencias, de debates, de confrontaciones políticas pero incluso armadas.

Asumamos de manera clara que las izquierdas que por primera vez en la historia ganaron elecciones en diversos países y reiteraron los triunfos, tuvieron un periodo importante para aplicar políticas de cambios y de progreso que en muchos casos dieron resultados y representaron avances sociales importantes. Ese ciclo terminó abrupta y radicalmente. Y tratar de explicar todo como un péndulo entre los extremos es un error y no corresponde a la realidad, que es el peor error.

El péndulo, si alguna vez existe, en medio de tantas incertidumbres, de tantas interrogantes sin respuestas, está optando claramente por un camino con menos riesgos, con menos tensiones, con un mínimo de seguridades, aunque ello implique trillar algunos caminos ya recorridos.

Viene desde antes de la pandemia, con un fuerte impulso de un fracaso ideológico de fondo que se instaló en varias sociedades, que la diferencia histórica entre la izquierda y la derecha en temas centrales, como el uso y el abuso del poder, como la moralidad y la inmoralidad, como la absoluta incapacidad de que las sociedades asuman que los éxitos obtenidos, los resultados conquistados, son de todos, son en primer lugar de las propias sociedades y de sus sectores más débiles y necesitados, no logró dar un paso adelante para apropiarse a conciencia de esos avances, fue el terreno donde volvió a germinar con fuerza la semilla, de lo conocido, de lo tradicional.

En medio de fuerzas de izquierda que depositaron todo o casi todo en sus líderes, en sus figuras emblemáticas y muy poco a en una sólida construcción ideal, cultural, teórico-política elaborada, levantada en una relación nueva con amplios sectores sociales, no solo los explotados, los postergados, los trabajadores, sino incluso un amplio espectro de productores, de empresarios nacionales, de intelectuales y profesionales, "no orgánicos" sino como parte del bloque de los cambios. No se logró, se perdieron muchos años y cuando el viento cambió, se llevó muchos avances.

La pandemia acentuó estos procesos, reforzó la necesidad de seguridades y certezas.

Los resultados de esta media vuelta de tuerca que se reforzará con el triunfo de Joe Biden en los EE.UU. aunque ese proceso camina por otros andariveles, tiene sin duda su influencia, nadie puede vaticinarlos completamente. Falta nada menos que el final (¿final?) de la pandemia y las consecuencias que dejará.

En esta situación reiterar simplemente las prácticas del pasado, levantar las reivindicaciones del pasado, agotar el mismo y desgastado relato del pasado no nos llevará a ningún lado, al contrario, nos hundirá un poco más.

Hoy la revolución, es decir el cambio desde la raíces necesita nuevos enfoques, no menos revolucionarios, al contrario, más universales, más humanistas, más adecuados a los graves problemas que agobian a la humanidad y hacer peligrar la marcha del planeta y dentro de los cuales hay que reexaminar todos las otras reivindicaciones y cambios históricos. Si queremos que este proceso se consolide y el mundo y América Latina retroceda alcanza con seguir recitando los mismos versos del "modo de producción", de la "plusvalía" de la "dictadura del proletariado" endulzada y creer que con ello podemos construir algo. Y en el peor de los casos gritar a voz en cuello contra el neoliberalismo.

El cambio más revolucionario que hoy reclama el mundo, es uno solo, es la absoluta igualdad de oportunidades, de derechos y condiciones entre mujeres y hombres. Reitero entre mujeres y hombres sin mezclar esto con otros derechos de minorías. Y estamos muy pero muy lejos, y tiene que ver con la mitad de la población del planeta. A partir de esto se derivan otros aspectos programáticos y sociales en nuevas condiciones, que reclaman analizar las nuevas situaciones en el mundo globalizado, en los peligros para las pequeñas, medianas y hasta empresas nacionales y sus trabajadores.

Entendiendo por revolución, lo básico, la que más impacta en la marcha de las sociedades y del mundo.

La segunda revolución, urgente, debería ser los recursos humanos, financieros, tecnológicos para luchar contra esta y nuevas enfermedades generadas por la degradación que hemos producido en el planeta. Y que nadie se atreve a decir que el covid 19, será la última ni la más grave.

El tercer cambio más revolucionario es invertir en serio, radicalmente la sostenibilidad de las formas de producción con el medio amUn amplio ciclo electoral que se ha producido en México, Argentina, Uruguay, Brasil, Bolivia, Ecuador, Colombia, la inestabilidad peruana permanente  muestran en lo fundamental una tendencia clara hacia la moderación, con un avance de las fuerzas de centro y de centro derecha y en menor medida de centro izquierda y una caída importante de los extremos. Algunos fanáticos - que nunca faltan - saldrán a vociferar. La capacidad del grito nunca se pierdebiente, frenando drásticamente el calentamiento global y la contaminación de mares, océanos, ríos y lagos. Luego no habrá marcha atrás por muchos milenios. Y vamos a paso de tortuga y la contaminación al ritmo de un guepardo.

La cuarta revolución que sobrevuela cualquier otra, es cultural, es la libertad en estos nuevos tiempos que se nos están escurriendo todos los días, envasada en nuevas tecnologías, en ilusiones de la comunicación global, cuando nunca antes en la historia hubo una tal concentración de la comunicación y la información, en tan pocas manos por encima de sociedades, estados, individuos, creencias y tiende a transformarnos a todos e la peor parte del mercado, en mercancías atadas de pies y manos. Acumular, almacenar, clasificar, vender, utilizar nuestras informaciones personales, nuestra identidad - que es la base de nuestra libertad - en una simple mercancía manejada por SUS algoritmos y para sus negocios. Sin esta revolución la democracia, está seriamente amenazada, no por golpes de estado, sino por la pérdida de su esencia: la libertad social e individual. "Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo" decía  Johann Wolfgang Goethe

Incluso las grandes amenazas que vienen de antes, se han subordinado a estas tres grandes revoluciones imprescindibles: la de la paz y contra el peligro nuclear y las guerras locales; la injusticia social, con sus secuelas de pobreza, de incultura de crisis permanente de viviendas mínimamente dignas, las carencias educativas e incluso la síntesis de todo ello, una plena democracia.

Vistas en su conjunto las cuatro grandes revoluciones que debemos afrontar parecen imposibles. Pero más que nunca vale la frase de Séneca: No es porque las cosas son difíciles que no nos atrevemos. Es porque no nos atrevemos que las cosas son difíciles.