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Por ESTEBAN VALENTI

No se me ocurre ni por un instante participar en la guerra de cifras sobre los crímenes y el delito en el Uruguay que desde hace meses ocupa un espacio importante del debate político.

La caída en la opinión pública de la preocupación por la inseguridad que pasó desde el 2019 a nuestros días del primer lugar a un tercer o cuarto lugar, hay que saber interpretarla y analizarla políticamente y socialmente.

En las encuestas a los entrevistados se les pregunta cuál considera el principal problema nacional y cuando la situación económica, nacional, pero sobre todo personal y familiar es mala o peor que antes, la falta de trabajo, la disminución de los salarios y jubilaciones y en general del promedio de los ingresos en las familias se han reducido, obviamente que no para todos por igual y, la salud todavía mantiene sus peligros latentes, eso desplaza a la inseguridad a un tercer puesto. La economía, incluyendo el desempleo ocupa en promedio más de la mitad de las preocupaciones de los uruguayos.

Pero ello no quiere decir que haya una sensación de tranquilidad, de seguridad realmente diferente al pasado. ¿Se ven más policías en las calles? ¿Se hacen operativos contra la droga y de saturación en determinadas zonas? Sí. Es absurdo desconocerlo.

Pero también es ridículo desconocer que la pandemia tuvo un impacto en la reducción de los delitos en todo el mundo e incluso en nuestra región y que la falta de millones de turistas y de extranjeros redujeron los objetivos de la delincuencia.

¿Hay más presos? Si, llegamos a los 14 mil presos, con más de 2 mil que corresponden a este periodo, pero para alcanzar esa barbaridad de presos, antes tuvieron que encarcelarse doce mil hombres y mujeres y toda la situación es una barbaridad, una estrategia de corto plazo que nos lleva a la ruina. ¿Hasta dónde llegaremos en el número de presos confinados en cárceles del terror?

He hablado - como lo hago muchas veces - con diversas personas y la gente no siente un cambio significativo: "se sigue robando, rapiñando y matando" es una respuesta que se escucha con frecuencia, de las mismas personas que colocan posteriormente la economía en el primer lugar y la salud en un segundo puesto lejano de los problemas nacionales.

Lo que entre todos deberíamos comprobar - y el tiempo se va a encargar de darnos duras lecciones - es que así como la delincuencia no depende mecánicamente de la pobreza y la miseria, aunque el 80% de los presos sean gente de origen humilde y muy humilde y sobre todo jóvenes, es que a policía limpia, a modernización de las armas y los vehículos y con cárceles cada día más como academias de doctorado en delincuencia, iremos de mal en peor.

Que sin una política realmente nacional, con el compromiso de todo el espectro político y social y con una planificación realmente estratégica y combinada de la acción preventiva, represiva, carcelaria y con una amplia cobertura social y territorial, no lograremos una inversión de fondo y permanente de esta carrera constante contra la delincuencia, alimentada en particular por dos fenómenos: la droga, en toda su pirámide organizativa y delictiva y los jóvenes sin perspectiva y sin esperanzas, como continuidad e inicio de generaciones de nuevos delincuentes.

Cuando dejemos de combatir al grito de que se vaya Bonomi, al de que se vaya Heber y asumamos que enfrentamos uno de los mayores problemas de toda nuestra historia y que más allá de las estadísticas, nos puede seguir cambiando el país para mal, para mucho peor. Un país de bajo crecimiento demográfico, que envejece y donde una parte importante de su juventud ronda el delito y sus alrededores, incluyendo niveles de violencia, de asesinatos realmente muy elevados.

Los gobiernos de turno se tienen que hacer cargo, de eso no hay ninguna duda, y yo no me siento con ningún complejo porque desde el primer gobierno del FA y su ministro del interior, insistí y polemicé con esa visión simplista de que las políticas sociales resuelven el complejo tema de la delincuencia, de la violencia familiar, de la droga. No sucedió y no sucederá.

Con la misma fuerza voy a insistir que solo ampliando, armando, equipando a la policía tampoco invertiremos de forma constante la tendencia y disminuiremos en serio la delincuencia en todas sus variantes.

Ya es suficiente para el concurso de las toneladas de droga que se descubren en puertos lejanos y que pasaron por Uruguay, o los presos escapados y los informativos de televisión con el parte diario de muertos asesinados en todo el país.

Seamos realmente más inteligentes y con miradas de fondo. El país y su situación de inseguridad no comienza y no termina con el referéndum. Lo que hubiera sido una tragedia es si no hubiéramos cambiado el Código del Proceso Penal. El medioevo judicial nunca es una posición cómoda y civilizada. Aunque siempre hay trogloditas de armadura.

Las cárceles desbordadas hasta la vergüenza, los turistas que esperamos con los brazos abiertos, la inteligencia de todos los partidos nos deberían permitir diseñar entre todos una verdadera política nacional de seguridad, atacando simultáneamente las causas y las consecuencias. Y para ello hace falta mucho dinero, pero no es lo único ni lo fundamental.