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Por Esteban Valenti 

Nadie tiene dudas de que el resultado del referéndum del próximo 27 de marzo de este año tendrá un fuerte impacto político, no solo en los 135 artículos de la LUC que se proponen anular, sino en todo el escenario nacional y en los próximos 3 años, tanto para el gobierno y la oposición como para el conjunto de la población.

 

El gobierno iba a concentrar todas sus baterías en que el referéndum es una definición a favor o en contra del gobierno y en segundo lugar colocar la seguridad como un tema central. Por el jingle y videos de la campaña del NO que han aparecido en estos días e incluso el fuego graneado del poderoso aparato montado en la redes, se han enfriado esos ardores.

Cuando digo aparato montado, basta hacer algunas simples pruebas para darse cuenta de que los multicolores han organizado abundantes granjas y trolls en las redes, con cientos de usuarios con muy pocos seguidores pero con una fanática y agresiva actividad. Eso está organizado. A la cara de ellos, son las nuevas reglas del juego. A eso se agrega el ardor de algunos fanáticos.

Incluso en esos frentes se puede percibir un cierto enfriamiento en cuanto a esos dos argumentos centrales. ¿Por qué?

En primer lugar porque la imagen del gobierno, con una leve excepción del Presidente – que también cayó por debajo del 50%- ha tenido caídas importantes. Los tres ministros peor evaluados son de abajo hacia arriba: el ministro del Interior, que cayó 12% en un bimestre; el de Trabajo y la ministra de Economía. No da para festejar, por cierto. Y lo que queda muy claro es que en el tema de la inseguridad está creciendo la preocupación en la sociedad en su conjunto, basta ver el número de homicidios, el tipo de asesinatos y la situación de muertes en las cárceles. Pero no solo, hay vecindarios y localidades de diversos puntos del país muy enojados. Y la receta de la justicia por mano propia que libera la LUC no está dando resultados.

Es que además tiene una contradicción y una revelación. Si afirman que la seguridad está mejorando y mejorará, ¿para qué se necesita la ley del lejano oeste de la “legítima defensa”, cuando en realidad ya existía? Y segundo, revela el corazón político e ideológico de toda la acción del gobierno y en especial del lacallismo (no digo más herrerismo, no corresponde), es el repliegue o directamente el abandono del Estado, de sus responsabilidades, es dejarle a las personas una parte fundamental de las tareas del Estado: la seguridad.

Veremos cómo sigue, es una batalla profundamente ideológica, no solo política e institucional, porque apelaron y apelan al “pequeño enano fascista” que todos llevamos dentro. Y eso puede llegar perfectamente a Milei y sus émulos en Uruguay. Que los tiene y no solo en las redes.

Hay otros aspectos muy interesantes, son los anuncios del propio presidente de que algunos proyectos de leyes serán enviados al Parlamento después del 27 de marzo. ¿Cuál es la razón?

No hay que ser por cierto un lince para intuirlo y entenderlo, es porque algunas leyes las están negociando, otras ya las negociaron y todas tienen un profundo sentido conservador y de retroceso anti popular, aunque lo quieran disfrazar de humanismo, de cerrar heridas, cuando en realidad estará echando puñados de sal en las heridas y continuarán su obra de desmantelar pedazo a pedazo al Estado uruguayo y favorecer a los poderosos.

Algo parecido sucederá con la postergación del aumento del precio de los combustibles, ha sido manipulado y violando la propia LUC y los aumentos que se vienen “a paridad de importación” serán elevados y duros de tragar para la población.

Las únicas cosas “importantes” que hicieron en estos dos años, fue combatir la pandemia a través de las vacunas, apelando a la profunda cultura y tradición vacunista de los uruguayos y a una estructura sanitaria que no tiene ningún otro país de América Latina, que coordina lo público y lo privado, desde las ambulancias, el primer nivel de atención, los centros hospitalarios, los CTI; a lo que se agregó el GACH y toda la comunidad científica nacional. Y a que tenemos 5.05 médicos por cada 1.000 habitantes, el promedio más alto de la región con excepción de Cuba y el séptimo lugar a nivel mundial (OMS). Eso es acumulación positiva en Uruguay, mérito de muchos gobiernos.

Segundo, fue entregar por 60 años el puerto de Montevideo a una empresa belga, Katoen Natie, con un pésimo desempeño de la Terminal Cuenca del Plata en los 20 años anteriores. Y entregarle todo, hasta el Reglamento de atraque a expensas de responsabilidades fundamentales de la Administración Nacional de Puertos (ANP). Es decir, avanzar en el proyecto central de desmantelar el Estado.

La inmensa mayoría de los uruguayos queremos un Estado más moderno, más ágil, menos costoso y pesado, con otro nivel de prestaciones y sabemos que es una tarea muy difícil y compleja, muy diferente es el proyecto en marcha de desarmar pedazo a pedazo la estructura institucional del Estado, incluso en la educación pública, excluyendo a los docentes de toda definición sobre los cambios necesarios en la educación. Una buena reforma, como la de Germán Rama, fracasó precisamente por elegir ese camino.

¿Es más duro y difícil involucrar democráticamente a los docentes? Lo es, sin duda, pero lo contrario es como tratar de cambiar la salud sin los médicos a todos los niveles. Imposible.

Incluso el tema de la portabilidad numérica, que flamea como bandera de la libertad de elección y apela a los criterios más básicos de ahorrarse unos pesos en los servicios celulares, es una primera etapa en el desmantelamiento de ANTEL, luego viene el acceso a Internet utilizando las inversiones de conectividad internacional y el cableado con fibra óptica que realizó el ente público.

Hay un pequeño detalle, en Uruguay tenemos que optar entre darle ganancias a los dueños de las empresas Claro y Movistar que, para conquistar el mercado, se pueden dar el lujo de bajar las tarifas por un periodo y compensarlo con las ganancias en otros países o, pagar precios justos por buenos servicios de ANTEL (que han venido desmejorando…) y que esas ganancias sirvan para las necesidades de los uruguayos. Y eso es posible porque somos uno de los pocos países que tenemos empresa propia, moderna y de vanguardia en las telecomunicaciones. Si la hubiéramos vendido como proponía el lacallismo en 1992, hubiéramos perdido más de 4.000 millones de dólares de ganancias liquidados a rentas generales en esos treinta años y la mejor cobertura territorial de toda la región y el uso de tecnologías de vanguardia.

Por otro lado hay dos reformas que requerirían un gran acuerdo nacional para concretarse: la de la educación y la de las jubilaciones y pensiones. Vamos exactamente en el sentido contrario.

Como vamos en el sentido opuesto a buscar caminos consensuados y comunes a las mayorías políticas y sociales para afrontar los cambios que ya produjo y está produciendo de nuevo, como una gran avalancha de enfermos y sus consecuencias, la pandemia. Que está llena de incertidumbres y que con consignas gastadas como la “libertad responsable”, no resuelven nada. Son solo eso, consignas.

Estamos llenos de interrogantes y dudas a nivel mundial. Se resuelven algunas y surgen otras que generan la mutación del virus y los procesos nacionales de combate a la pandemia. Lo que no deberíamos tener dudas es que en un país como Uruguay, donde tenemos el enorme capital de un conjunto de partidos políticos históricos sólidos y con capacidades demostradas, sería necesaria una gran visión nacional, de Estado y de estadistas para agrupar fuerza ante el nuevo escenario nacional, regional y mundial.

Si faltaba una sola duda sobre la pobreza de argumentos de los defensores del NO, es su uso total y desmedido de la manipulación que hicieron en la Corte Electoral, cuando le concedieron el uso del celeste para sus papeletas y sobre todo su campaña, violando una tradición de ecuanimidad y equilibrio. Van a tener que sustituir la solemne placa de bronce de su puerta de la calle Ituzaingó por una de cartón.

Los del NO hacen la campaña “celeste” tan groseramente que pretenden presentarse como los únicos uruguayos. Y en realidad niegan de forma explícita la acumulación que a lo largo de décadas hicimos los orientales y los grandes valores de nuestra historia. Uruguayos somos todos y cómo manejamos nuestras diferencias es lo que nos da un valor especial.

Hablan de futuro, porque no quieren ni siquiera el más tenue recuerdo de la historia y no quieren que se hable del presente, el país que se estanca a puro jarabe de pico y selfies.