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por Esteban Valenti

Insólitamente a finales de la tarde logré estacionar el auto en Avenida Brasil casi la rambla, y por un instante, mientras me colocaba el tapaboca y me limpiaba las manos con alcohol, exactamente frente a mí, vi llegar una parejita. No tendrían más de 18 años ambos. Ella bajita se encargó de pisar el pedal del contenedor de basura 784 y él, flaco y ágil se metió directamente en el artefacto. La tapa se cerró y yo me quedé allí mirando. El muchacho estuvo revolviendo y buscando en la basura más de 15 minutos.

Llevaban un carrito todo desvencijado y lo único que reconocí entre varias bolsas de plástico, fue una almohada vieja y sucia.

Cuando terminaron su tarea - no puedo decir que es lo que sacaron del tacho - se pusieron nuevamente en marcha. Tenían cara de cansados y caminaban serios, sin hablar. No agrego nada diciendo que es lo que yo hice a continuación, porque fue nada o casi nada. Fue en cierta manera para no sentirme tan culpable, tan lejano de ese mundo. Esa noche, Selva y yo teníamos programado ir a ver un espectáculo teatral de mi amigo Iván Solaric. De eso también hablaré.

Los tres estábamos cerca, yo con mi barbijo, bien comido, con una cama segura y limpia, con un futuro breve pero relativamente trazado y ellos caminaban por una avenida alejada de su  casa (¿casa?) de sus afectos, con un porvenir cierto, absolutamente cierto: la pobreza y la desesperanza. Es posible que sea demasiado pesimista, pero si a los 18 años tienen que pasar varias horas al día buscando en la basura, arrastrando un carrito, hay que ser muy pero muy optimista para esperar que tengan un futuro de progreso, de avance, de educación, de buenos puestos de trabajo, de una familia con una vida aceptable.

Me dió mucha lástima por ellos, pero de otra manera también por nosotros, por los otros por la fila interminable de autos que se iba por la rambla hacia el este, a sus casas o sus residencias de descanso. La mayoría, la inmensa mayoría de ellos bien ganadas, bien merecidas, fruto de su trabajo y su esfuerzo. Pero... cerca nuestro pasan muchas veces en el día gente tan distante, tan diferente, con un presente y un futuro con tan pocas esperanzas, que nos atañe a todos. Son tan uruguayos y sobre todo tan seres humanos como nosotros.

La pandemia agudizó mi sensibilidad, porque si bien la enfermedad golpea en todos lados, me hace mirar más detenidamente los detalles. Y vaya si estas situaciones son detalles y podría contar varias. Lo peor de todo es que nos resignemos, le busquemos y le encontremos las explicaciones necesarias. Siempre las encontraremos, posiblemente porque no se puede vivir amargados o porque como decía Eliot, "La humanidad no puede soportar mucha realidad".

Así que a las 20 y 15 - luego de dejarle un regalito para el cumpleaños de 4 años de mi bisnieta Macarena, nos fuimos al teatro "La Fábrica" en la calle Porongos, en un lugar alejado supuestamente del circuito teatral para ver La tierra baldía.

Confieso que fui con escepticismo. ¿Una obra teatral sobre un poema de uno de los más grandes de la lengua inglesa T. S. Eliot?

Me gustó y me emocionó. El nazismo en un juicio, Brecht en toda su fuerza con el fondo de la poesía de Eliot y una escenografía y una puesta en escena dura, impactante, con personajes que te sumergen en el tema y un rectángulo de tierra baldía, simplemente árida y sin vida. Se me juntó todo, lo que había visto esa tarde y la situación general de la pandemia, el peligro de que siguiera Trump y me obligó a pensar, a pesar mucho, que es siempre una virtud ante una obra de arte. En particular en el teatro donde hay tanto sugerido y librado a la personal sensibilidad de cada uno.

Luego participé de otra buena idea, un debate-opinión luego de la obra. Primero de cuatro invitados y luego con la participación de muchos espectadores y gente del elenco. Yo que debato todas las semanas en La Tertulia, me reencontré cara a cara con otras opiniones y sobre todo, otros sentimientos y personas. Fue muy bueno, sobre todo escuchar a varios jóvenes.

Tengo que agregar un comentario, sino no me sentiría bien: no sé si Eliot se reconocería en toda la obra, pero supongo que eso sucede en muchos autores inspiradores y en particular con los poetas.

Esa noche me fui a dormir con esa doble sensación, de dos momentos de mi día, tan distantes, tan diferentes y que al final, en el duermevela te sacuden, se mezcla y te duelen. Para la parejita de buscadores, no tengo ni siquiera el atisbo de una solución, de una propuesta, solo la vergüenza de que eso suceda en un país como el nuestro y, sobre la reacción frente a un episodio más del nazismo en la obra de teatro, la interrogante, si, en este momento de tantas incertidumbres, de tantas expresiones de peligro y decadencia, ¿los seres humanos no deberíamos recurrir a la experiencia de aquella noche horrenda de tiranía, de horror del hitlerismo para elevar a un nuevo nivel un nuevo humanismo, una nueva relación con nuestros semejantes pero también con nuestro entorno, esa naturaleza tan castigada, más allá de las fronteras ideales tradicionales?