Será santo Giovanni Battista Scalabrini, el ángel de la guarda de miles de italianos que emigraron a Estados Unidos en el siglo XIX y también su compatriota Artemide Zatti“, un enfermero que ayudó a los necesitados y sufrientes en los arduos confines australes de Argentina.
Scalabrini ayudó enormemente a los italianos que llegaron a Estados Unidos y fundó una congregación, con ramas masculina y femenina, que desde entonces se dedica a la acogida y apoyo a los migrantes. .
De hecho, el Papa aprobó “los votos favorables de la sesión ordinaria de cardenales y obispos para la canonización del beato Giovanni Battista Scalabrini, obispo de Piacenza, fundador de la congregación de las Misioneras de San Carlo y de la congregación de las Hermanas Misioneras de San Carlo Borromeo”, se lee en una nota difundida este sábado por la Santa Sede.
Por eso, el Papa “ha decidido convocar un Consistorio, que se ocupará también de la canonización del beato Artemide Zatti”, un salesiano, que emigró a Argentina con sus padres y dedicó su vida a sanar y cuidar a la gente de la Patagonia.
Zatti nació en Boretto (Reggio Emilia, norte) el 12 de octubre de 1880 y a los 9 años ya se ganaba el jornal como peón, cuentan documentos vaticanos.
La familia Zatti, a principios del 1897, emigró a Argentina para escapar de la extrema pobreza y se estableció en Bahía Blanca, al sur de Buenos Aires, una ciudad puerta de entrada a los confines patagónicos.
El joven Artémides comenzó enseguida a frecuentar la parroquia dirigida por los salesianos y halló en el párroco don Carlos Cavalli, hombre piadoso y de extraordinaria bondad, su director espiritual. Fue éste quien lo orientó hacia la vida salesiana cuando tenía 20 años.
A esa edad enfermó y fue enviado a Viedma, en la Patagonia, para que el clima lo ayudará a reponerse. Un enfermero salesiano lo invitó a que le rezara a María Auxiliadora para obtener la curación, sugiriendo que hiciera una promesa: “Si ella te cura, tu te dedicas toda la vida a estos enfermos”. Y así fue.
Fiel a su promesa se consagró inmediata y totalmente al hospital de Bahía Blanca, ocupándose en un primer momento de la farmacia, luego guío al centro de salud, fue su administrador y enfermero diestro y gentil, tan respetado como los propios médicos.
Su servicio no se limitaba al hospital sino que se extendía a toda la ciudad, y hasta a las dos localidades cercanas situadas en las orillas del río Negro: Viedma y Patagones.
En caso de necesidad se movía a cualquier hora del día y de la noche, sin preocuparse de las hostilidades del clima extremadamente frío y ventoso característico de la zona.
Su fama de “enfermero santo” se propagó por todo el Sur y de toda la Patagonia le llegaban enfermos. No era raro el caso de enfermos que preferían la visita del enfermero santo a la de los médicos.
También conoció la prisión, donde fue recluido por la fuga de un preso recogido en el hospital, fuga que le quisieron atribuir a él, pero terminó absuelto.
En 1950 el infatigable enfermero cayó de una escalera y fue en esa ocasión cuando se manifestaron los síntomas de un cáncer que él mismo lúcidamente diagnosticó. Continuó sin embargo cuidando de su misión todavía un año más, hasta que tras sufrimientos heroicamente aceptados, su vida se apagó el 15 de marzo de 1951.
En 1976, el “pariente de los pobres”, como lo llamaban, comenzaba su camino de santidad por la Conferencia Episcopal Argentina. En 1980 fue declarado Siervo de Dios, y venerable el 17 de julio de 1997. Asimismo, fue proclamado beato por la Iglesia católica el 14 de abril de 2002 por el papa Juan Pablo II.
“Creí, prometí, curé”, escribió alguna vez Artemide Zatti, que pronto será santo.